Toda la música, desde sus Orígenes, cabe en Almaclara

Sonó el canon de Pachelbel y se elevó su catedral de sonido y silencio en el Salón de Actos del COMCADIZ.

 Advertidos como estamos de su dificultad, no puede uno prevenirse de su belleza tanta veces percibida y que dio comienzo al segundo acto.

La Orquesta Almaclara dispuso un orden cronológico para el concierto de Primavera, desde el Barroco y las incontestables cumbres de la Gran Sarabanda de Haendel o Bach en cualquiera de sus días. Almaclara optó por los tres movimientos del Tercer Concierto de Brandenburgo. De ahí al clasicismo y la figura opacante de Mozart con su Pequeña –es un decir- Serenata Nocturna, certeramente introducida por Beatriz González -qué voz de oleaje para preceder a la tormenta de sonido y qué pulso terso y milimétrico en la dirección de orquesta, cuánto amor hacia la música-. La vivacidad y dificultad que impone el maestro de Salzburgo deja exhaustos a oyentes e intérpretes. Fue el momento de la pausa preparatoria para el muro y el reto de Pachelbel, que dio paso a la delicadeza primaveral- ¡esta sí!- y al siglo XX de la serenata de Edward Edgar y de ahí al Intermezzo de la Cabellería Rusticana de Mascagni.

Pero Almaclara es también un hermoso canto de restitución histórica de aquellas mujeres que dotadas para la música quedaron relegadas al extrarradio del arte que es el olvido. El bis final fue una reivindicación de tantos nombres hoy anónimos a través de la transcripción a cuerda de la ‘Italia’ de Fanny Mendelson.

Un regalo y el más atronador aplauso. Nuestro bravo para ellas.

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