“He vivido a principios del siglo XX al escribir este libro”

El Dr. Manuel López Doña comparte pasión por la medicina y por los coches. Su fascinación por el motor le ha llevado a publicar ahora ‘Los primeros automóviles que circularon en la provincia de Cádiz’, un libro de elaboración minuciosa que, como afirma, le ha llevado a vivir literalmente dentro de la obra y del tiempo en que transcurre. El libro será presentado el próximo martes 21 en el Ateneo Gaditano y podrá adquirirse desde entonces en la Librería Manuel de Falla de Cádiz.

¿Qué proceso ha seguido la gestación del libro?

Tengo una gran afición por los coches clásicos y antiguos, poseo una colección de más de setenta automóviles de todas las épocas. Hace tiempo, conté sus historias en una serie que publiqué en Diario de Cádiz y posteriormente me dio por investigar sobre los primeros que circularon por nuestra provincia. Cuando iba por el CA-6 llegaron los mundiales de fútbol y me quedé sin página. Continué haciéndolo en Facebook, hasta que los amigos que seguían mis historias me insistieron en lo del libro. Lo propuse a varias instituciones (UCA, Diputación, Junta de Andalucía, Ayuntamiento…) y a nadie le interesó, así que tuve “que parirlo por el dinero”, como dicen las mujeres atendidas en la clínica privada.

¿Qué estampa presenta el Cádiz de principios del XX con la irrupción del automóvil?

La estampa solo la conocemos a través de lo que nos contaron nuestros abuelos, las hemerotecas y las fotografías, pinturas y grabados. A principios del siglo XX había una gran diferencia con el resto de Europa. En este tiempo que abarca nuestro libro (1900-1914) el transporte público y de mercancías, aparte del ferrocarril y los vapores, solo se hacía con carruajes tirados por caballos. Aquí llegaron con cuentagotas, pues solo podían adquirirlos gente adinerada y adelantada. Mientras que en España no se fabricaba ningún modelo de carruaje automóvil, en Francia había más de doscientos fabricantes. Y cuando se iniciaron, fue artesanalmente con motores y piezas de importación.

¿Qué hechos curiosos y no demasiado conocidos ha encontrado durante tu documentación e investigación?

Cada una de las historias están llenas de curiosidades. Por ejemplo, el 25 de diciembre de 1911 se puso la primera multa en Cádiz, ¡por exceso de velocidad!, precisamente en la calle Isaac Peral (Canalejas). En la ciudad, la velocidad máxima era de 12 km/h y en carretera, de 28 Km/h. ¿Sabían ustedes que en la Plaza del Mentidero, esquina a la calle Hércules, Don Francisco de la Viesca y Nascimiento tenía una fábrica de automóviles y la representación de las marcas Hudson y Essex norteamericanas con más de ciento cincuenta obreros?

Otro de los alicientes del libro es conocer el estilo de vida de principios de siglo a través de la evolución del automóvil…

Sí. Al ver la iconografía del libro y recordar las historias que nos contaban los viejos es fácil fantasear y vivir en la época. Los automóviles más ancestros que tengo conservan su olor. Sentarse dentro y cerrar la puerta inspirando profundamente es suficiente para tener ese sentimiento de vivir en épocas pretéritas. He vivido a principios del siglo XX al escribir este libro.

En el libro está su pasión por los coches combinada con su entrega a la medicina. ¿En qué sentido aparecen similitudes entre ambas?

Hacer una analogía entre el automóvil y el cuerpo humano es correr el riesgo de ser criticado. Ya lo he sido con la portada, no se puede imaginar los comentarios tan diferentes que genera esa imagen tan bella para mí. Cuando un coche no funciona, hemos de explorarlo y hacer pruebas, cada día más complejas, a veces hemos de practicar una “laparotomía” y descubrir sus “entrañas” buscando “la causa de su enfermedad”. Cuando tenemos el diagnóstico solo nos queda el tratamiento. En estos viejos carruajes solemos hacer trasplantes de otros que murieron en la chatarrería.

El motor necesita alimento (combustible) y oxígeno. Sus pulmones expulsan monóxido de carbono. En definitiva, nos parecemos y cómo no, al igual que los humanos, nos pueden producir placer o todo lo contrario si los maltratamos.

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